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Todas las fotografías y poemas publicados en este Blog han sido realizados por Rosa Mª García Vázquez. Se permite la publicación de ambas (poemas y fotografías) siempre que en los créditos correspondientes haga referencia a "Tesela" y a su autora, bajo el expreso conocimiento previo de ésta. Queda prohibido lucrarse con los contenidos publicados en este Blog.

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Unas letras






Cuando eres pequeña, la merienda es uno de esos momentos sólo para niños



que guardas en la mochila junto al primer cigarrillo, el brazo que te rompiste



al bajar del árbol o aquel inocente amor de verano…



Pero mis meriendas, en lugar de llenarme la boca del sabor del chocolate, me enseñaron ortografía a fuerza de epístola diaria.



El tío Paco se enamoró, se casó, y en Madrid rehizo su vida tras la Guerra del 36.

Quién iba a decirnos que un oficial republicano acabaría casado con la hija de una estanquero y vendiendo labores nacionales junto a los sellos del Gerenalísimo de los Ejércitos en plena capital del reino.



Lo cierto es que mi abuela recibía mensualmente de su hijo mayor una carta y un giro desde la capital de España, y yo me veía obligada a leer una y otra vez las cartas que mi tío enviaba y a escribir, revisar, corregir y reescribir las respuestas que mi abuela devolvía a tales epístolas.



“Querido hijo :

Espero que estéis bien al recibo de esta. Yo bien gracias a Dios.

El dinero llegó bien. Te escribo estas letras para contarte….”



Mi abuela vestía de luto riguroso y se peinaba el blanquísimo pelo en un moño de roete y, aunque dos veces viuda y con algún hijo muerto, el velo sólo lo guardaba para las escasas ocasiones en las que acudía a la iglesia, a saber: bodas, bautizos y comuniones de los ya cada vez más numerosos nietos. Rezar, rezaba; pero jamás la vi ni coser ni rezar el rosario en las tardes de mujeres y café de pucherete del salón de mi casa.



Si he de hacer honor a la verdad, era una mujer que no hablaba mucho, así que, cada renglón que recibía mi tío representaba para mí y para ella un colosal esfuerzo.



En estos diálogos epistolares, mi abuela contaba como estábamos de salud todos los que vivíamos aquí, si había o no trabajo y si habíamos recibido la visita de alguien del pueblo con noticias de los que se quedaron allá.

¡Qué envidia les tenía a los madrileños! Mi abuela hablaba con ellos, les contaba las pequeñeces de su día a día y les mandaba muchos besos; pero a mí, que estaba frente a ella con mi rebanada de pan con aceite y azúcar en la mano y mi lápiz en la otra, ni me miraba.



Fueron pasando los años y las cartas se hacían para mí cada vez más tediosas de escribir mientras mi abuela cada vez tenía menos que contar.

Llegó un momento en que mientras ella dormitaba bajo la ropa de camilla, mi madre me obligaba rebuscar en mi memoria y reescribir sus antiguas cartas:



“Querido hijo:

Espero que estéis bien al recibo de esta. Yo estoy bien gracias a Dios….”



Pero no estaba bien.

La tarde de un veintitantos de diciembre murió, se exilió definitivamente de esta vida.

Bajo el colchón algún dinero, poco. Su voluntad que se comprara un regalo, un anillo de plata, para la nieta que escribió sus cartas.

6 comentarios:

  1. Por suerte,el correr del tiempo no nos ha borrado su recuerdo ni el cariño,hermana.
    Besos.

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  2. Está claro que te sirvió para aprender a escribir bien, muy bien. El anillo... lo tenías a la vista al escribir este precioso texto, ¿verdad?

    Entrañable.


    besos

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  3. Tal vez, algunas veces los recuerdos nos pesen demasiado, pero ellos son los cimientos de nuestra existencia

    Me ha gustado mucho

    Un beso

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  4. Por fin pude leerlo y releerlo, o más bien saborearlo, pues tiene gusto a memoria la cual no debemos exiliarla nunca en el olvido.
    Enhorabuena, amiga!!!

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  5. Me encantaron estos recuerdos tuyos...tan vivos todavía en la memoria...
    un besote

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